Aprende A Ser Vulnerable Para Poder Cambiar

Los actuales tiempos lucen tumultuosos. De pronto y quizá sin previo aviso, una especie de pandemónium se ha instalado en todos los espacios sociales y privados del planeta. Pandemia viene de pandemónium, es decir, la escenificación del caos, la representación del colapso humano, la confusión sistemática y el temible sentimiento de ser vulnerable

Al mismo tiempo, estos también son hechos heroicos para quienes se han armado de valor y de valentía y, poniendo un poco de claridad en la oscuridad, tratan de darle coherencia a sus vidas. En este contexto, aprender a ser vulnerable para poder cambiar, es un imperativo necesario.

Se suele afirmar que nada será igual después que pase este cataclismo. Algo que es obvio y que desde hace por lo menos dos décadas, la vida y todas sus implicaciones cotidianas, dieron un giro de más de 180 grados. Este giro, que no es otro que el fundamental giro tecnológico, ha cambiado un número considerable de creencias, saberes, percepciones y emociones. Nuevos relatos en torno al hecho de existir, compartir y consumir, se estructuraron alrededor de nuestras vidas inaugurando, en efecto, visiones del mundo inéditas.

Sentirse Vulnerable Impulsa El Poder De Cambiar

Se podría decir que todo cambió y los relevantes cambios ocurridos en los dominios sociales, económicos, religiosos, éticos y educativos, entre otros, conformaron una inmensa plataforma cognitiva sobre la cual hoy discurren múltiples hechos y se llevan a cabo asuntos absolutamente determinantes para la vida de todos.

En tal sentido, si bien las sociedades han conquistado un singular marco de nuevos saberes y, en consecuencia, nuevas formas de administrar la polis, del mismo modo la incertidumbre constituye un principio que nos marca a cada momento. Del principio esperanza al principio de incertidumbre. En el medio, cabe constatar la condición de ser vulnerable implícita en todos los gestos y acciones que nos hemos acostumbrado a emprender, con independencia de sus efectos benéficos o malévolos.

Creo que la vulnerabilidad humana es una condición de la cual nos gusta huir despavoridamente, cuando, en realidad, es un estado que puede originar en nuestras decisiones una fuerza extraordinaria. En todo caso, no creo que exista una sola persona susceptible de parecer vulnerable ante todo aquello que afecte su vida, de algún modo u otro.

Los seres invulnerables no existen

Incluso los más protegidos, se hacen vulnerables frente a su particular seguridad. Un ser invulnerable no existe, excepto en las historias de ciencia ficción. Ni siquiera los dioses griegos escaparon a su infortunio y la épica de sus vidas nos muestra mejor sus debilidades y no siempre su poder indestructible.

Por supuesto, quiero hablar, para centrarme en algo que nos concierne, en la actual vulnerabilidad laboral. Eso que, de muchos modos, denominamos nuestra insufrible “inempleabilidad”, es decir, cuando alguien decide que ya no somos económicamente viables y por tanto nos echan a la calle o, simplemente, nos excluyen de las opciones laborales.

Esto es un costo que, de alguna manera, deberíamos prever. Siendo estudiantes ya expresábamos algún tipo de vulnerabilidad. Nos arrepentíamos de lo que estudiábamos, abandonamos carreras y siempre la tentación de la deserción nos acompañó en un montón de cosas: el trabajo, la universidad, el amor, la política.

Todos somos rehenes involuntarios del miedo

La vulnerabilidad laboral pasó de ser una virtual posibilidad, a significar una realidad predecible. Y aunque ello nos parezca  una rara contradicción, sin embargo no lo es exactamente.  Debemos admitir que todos, sin excepción, tenemos notables carencias, evidentes debilidades, frenéticos miedos o inseguridades, y quien pretenda negar este hecho tan sólo busca crearse una imagen de sí mismo poco acertada.

Sin necesidad de hacerle una apología gratuita a nuestras debilidades, me inclino a desconfiar de aquellos que se nos presentan como “un seguro contra  todo riesgo” y que cubren cualquier situación sin fisuras, o de los que tienen respuestas para todo y viven a punta  de incontrovertibles  certezas.

Al parecer, en la sociedad impera el fenómeno de mostrar  una “imagen de escaparate perfecto”, lo cual nos ha llevado a un territorio extraño en el que aceptar una debilidad personal o laboral, ya es una señal de derrota, decepción, o motivo de burla por los demás. El fracaso laboral no se admite.

No Podemos Cambiar El Mundo

Es muy difícil y complejo cambiar el mundo de repente, pero sí podemos hacerlo dentro de nosotros, modificar esos esquemas de inseguridad  y sobrevolar ese paisaje ficticio en el que solemos movilizarnos casi siempre con una coraza. Solo así podremos aprender, juntar lazos y hacernos más fuertes debido  a nuestros puntos débiles o, tal vez, a la aceptación sin complejos de los mismos,  de lo que nos hace vulnerables.

En tal sentido, pienso que no  se trata de vivir cada día con una pesadumbre a cuestas e ir por el mundo contando nuestras penas al primero que se nos cruza. Se trata de hallar un equilibrio aceptable. Sacar el pecho y mostrarse  seguro cuando dominamos algo. Desde luego, cuando navegamos entre fortalezas es, por supuesto, muy positivo. Si somos buenos en algo, hay que demostrarlo.

A pesar de todo, no tenemos por qué engañarnos. Debemos admitir que, en realidad, no somos buenos en todo y es estupendo que lo sepamos.  No hay nadie que no haya tenido miedo, desde el punto de vista laboral, de no haber estado a la altura en un momento determinado de su vida o, en su defecto, ser rechazado. Lo que ocurre es que nos da mucha vergüenza reconocerlo por miedo a ser atacados. En ocasiones, la imagen de escaparate perfecto también se vive hacia dentro.

Hay que atreverse a levantar la mano y preguntar

¿Cuántas veces no nos hemos atrevido a levantar la mano en clase o en el trabajo para decir que no entendíamos algo y, cuando un compañero lo ha hecho, lo hemos agradecido en silencio? Pensar que esa persona ha sabido gestionar su vulnerabilidad, por pequeña que sea, no le hace más débil, sino todo lo contrario. Porque no olvidemos que  lo contrario de vulnerabilidad no es fortaleza, sino dureza, incluida la del alma y la de las emociones. Si nos endurecemos para no sentir el dolor, también lo hacemos para no sentir el amor y la parte amable de la vida.

Al ser vulnerable puede, desde otra perspectiva, ser perfectamente aplicable a un aspecto laboral que en apariencia lo excluye: el liderazgo. Lo más difícil de ser un líder es mostrar vulnerabilidad. Cuando el líder demuestra vulnerabilidad y sensibilidad y une a las personas, el equipo gana.

Y esto sucede no solo en entornos laborales, sino en situaciones bien complejas.  En última instancia y aunque la sociedad nos venda la imagen de que debemos ser imbatibles, nuestro camino para la dicha y el logro consiste en aceptarnos y querernos  a nosotros mismos a partir de la totalidad de lo que somos: fuertes y vulnerables, al mismo tiempo.

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