Explorar nuestras capacidades: una pasión inconclusa

Probablemente no exista una labor más incierta y azarosa para los seres humanos que plantearse la imperiosa necesidad de explorar sus propias capacidades. En cierto modo, se trata de una compleja aventura a través de la cual van surgiendo situaciones, circunstancias, elecciones y demás aspectos inherentes a la vida misma, cuyo panorama suele complicarse de muchas formas.

Descubrir aquello que nos gusta, que nos satisface y, en consecuencia, proceder a darle cuerpo a esas apetencias, implica, sin duda, mover en nuestro interior fuerzas que oscilan desde la motivación correcta, pasando por la racionalización y las certezas respecto a todo aquello en lo cual creemos. Este proceso, desde luego, no es nada fácil.

Por lo general, descubrir habilidades, convencerse de las mismas y desarrollarlas hasta al punto de convertirlas en una vocación definitiva, implica transitar por un camino caracterizado por la existencia de errores, equivocaciones, fracasos y retornos conflictivos al punto de inicio.

A medida que nuestra sociedad se ha diversificado desde el punto de vista de las múltiples opciones de trabajo que ofrece, en esa misma medida las elecciones personales también se han complejizado enormemente. Un mundo globalizado y tecnificado en todos sus aspectos, no deja de ser inquietante y retador a la hora de hallar un espacio provechoso en sus entornos.

Por otra parte, es obvio que los actuales retos y oficios que se ofertan en el mercado laboral, por ejemplo, están apuntalados hacia personas que pueden, cognitivamente hablando, instalarse cómodamente en dichos escenarios. Una razón, entre otras, es que su cerebro puede procesar de una manera cuasi natural, todo el engranaje digital sobre el cual  las sociedades contemporáneas están montadas. Los paradigmas cognitivos han cambiado, así como la visión del mundo se ha desplazado radicalmente hacia percepciones, emociones, lenguajes y saberes absolutamente nuevos.

La aceleración de procesos que hasta hace apenas veinticinco años se realizaban más lentamente, modificó el criterio que influye en la gestación de capacidades, así como en el discernimiento vocacional. El mundo y la vida se hicieron obsolescentes.

Tanto esto es así, que los expertos y estudiosos de la revolución y la transformación digital, plantean que, en los días actuales y en los venideros, la capacidad para des-aprender es tanto o más importante que la capacidad de aprender cosas nuevas. Y es que lo único que tenemos por permanente, es la transformación y el cambio.  

Sin embargo, hay algunas cuestiones que ofician de guía para quien se encuentra cruzando aquel río siempre cambiante que tan bien describió Heráclito alguna vez:

La pasión por el conocimiento, la curiosidad por averiguar cómo funciona el mundo y la sociedad en la que vivimos, la necesidad de entender cuáles son las reglas universales que determinan un tal o cual comportamiento, el gusto por comprender las claves para descifrar algún fenómeno, son preguntas muy potentes, que nos permiten avanzar con la seguridad de que el esfuerzo necesario para emprender un nuevo proyecto, vale la pena.

 Implicación, constancia y motivación

Implicación, constancia y motivación. Tres factores claves para afrontar los nuevos escenarios que influyen en la exploración de nuestras capacidades. Porque más allá de la obsolescencia, la velocidad y la perentoriedad de las habilidades y vocaciones elegidas, se necesita una especial capacidad para implicarnos en aquellas, ser constantes en lo que se hace y estar lo suficientemente motivados para proseguir el camino y hallar el éxito.

 ¿No sabes lo que te gusta?

Podríamos decir sin temor a equivocarnos que esa pregunta no es la apropiada. Es una planteo que detrás de esos signos de interrogación esconde una aseveración “temprana” o “precoz”. 

Imagina por un momento que el planteo fuera otro: “Aún no sabes cuánto te gusta lo que crees que te gusta”?  Pero claro, la madurez y la solidez de lo perdurable necesita inevitablemente del desarrollo del tiempo para afianzarse, germinar y acaso dar luego sus frutos, y esto es algo que en nuestra generación y en las próximas , está perdiéndose de vista en el fragor de la aceleración.  

Sin embargo, llega a menudo el punto de equilibrio y la seguridad en las aves para confiar más en sus alas que en la fortaleza de la rama en la que se posan. Pero ese punto no es alcanzado por quienes no se hayan arriesgado una primera vez, y acaso una más y otra más,  a saltar y volar.

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