La Desesperanza Aprendida O Cuando La Realidad Supera La Ficción

De todos los sentimientos que los seres humanos experimentamos, quizá sea el miedo el más corruptor de todos. Si bien la naturaleza del miedo está inevitablemente instalada en la estructura psíquica de cualquier ser vivo, solo los humanos podemos vivirlo en toda su máxima potencia. Y digo que es un sentimiento corruptor, porque a medida que se instala y se sumerge en nuestras vidas, comienza a destruir paulatinamente todo aquello que, de muchas formas, nos sostenía confiadamente. Por ello la desesperanza aprendida es una realidad que supera la ficción.

Existe, desde luego, una gran familia que gira alrededor del miedo. La podemos enumerar de muchos modos. La angustia, la timidez, la inquietud, el terror y la vulnerabilidad, entre otros, constituyen ese particular mapa afectivo en el cual navegamos todos los días. Quizá en estos momentos, semejantes a otros hechos terribles del pasado histórico, la vulnerabilidad sea, en efecto, uno de esos primos inmediatos del miedo que más nos están erosionando desde un punto de vista psicológico.

De hecho, basta con asomarnos al mundo, el particular y el ajeno, para constatar que, de hecho, estamos atravesando un periodo de profundas vulnerabilidades, de incontrolables angustias. Desde luego que en el origen de esta vulnerabilidad, se halla, como una sombra oculta y acechante, la presencia de la desesperanza. Es el haber perdido la esperanza y en cierto modo el sentido de la vida, lo que a la final nos hace indefensos y vulnerables.

El Miedo Como Arma De Sometimiento

No me cabe la menor duda de que el miedo ha jugado y aún juega un papel fundamental en nuestras sociedades. Con cierto cinismo podría suscribir la conocida opinión de Spinoza cuando dijo que “es terrible que el pueblo pierda el miedo”, porque, en el fondo, el miedo es la gran educadora de la humanidad.

La Valentía Para Poder Expulsar Los Demonios

Entonces nos queda claro que tanto la ansiedad, el temor y la angustia, expresan, con pasmosa exactitud, nuestra vulnerabilidad, al tiempo que revela esa desesperanza velada que escribe nuestras afectadas vidas. Desde luego que de la desesperanza y el miedo aprendidos, puede surgir una voluntad para vencer ciertos terrores. La resiliencia es uno de ellos, la resistencia incluso, y también la capacidad de luchar contra lo que nos abruma y poder así cambiar esa realidad que nos agobia. Es un asunto que involucra, al mismo tiempo, al propio miedo y, asimismo, a la valentía.

Pienso que la valentía debería ser en nuestras vidas un proyecto vital, un horizonte a conquistar. No se puede habitar en el miedo si, por otro lado, no exigimos la posibilidad de crear nuevos espacios a partir del hecho de ser valientes. Algunos piensan que valiente no es el que no siente miedo, que sería el impávido o el insensible, sino el que no repara en éste, el que puede y es capaz de cabalgar sobre esta fiera. 

Vivimos Literalmente Asustados

Hemingway decía que, valor es mantener la gracia, la ligereza, la soltura, estando bajo una gran presión. Pero qué podemos hacer hoy cuando la desesperanza, aprendida o adquirida, nos ha vampirizado convirtiéndonos en una especie de zombis. Es que vivimos asustados.

Aunque este concepto ha sido estudiado y existe toda una teoría científica al respecto, la indefensión aprendida es quizás uno de esos fenómenos psicológicos, cuya importancia afecta al plano existencial del ser humano. Cabe pensar, que minimizar la indefensión aprendida, debe suponer un avance tanto para la sociedad como para las personas en particular.

La indefensión aprendida es un hecho que afecta a personas cercanas, como lo puede ser un familiar e, incluso, a uno mismo, tanto como a una colectividad. Un país entero podría haber desarrollado esta condición a partir del hecho de haberse acostumbrado a un régimen de extrema pobreza, calamidades y represión continua. La indefensión aprendida no es, por ende, solo un concepto académico sin relevancia en la realidad, sino algo que afecta la vida cotidiana  de innumerables personas. 

En términos generales, la desesperanza aprendida hace referencia a la condición mediante la cual una persona se inhibe ante situaciones aversivas o dolorosas; cuando las actitudes para evitar tales situaciones negativas no han sido fructíferas, lo cual termina, desde luego, por desarrollarse una fatal pasividad ante este tipo de fenómenos.

Comprender la manera en que este hecho se desarrolla es, obviamente, vital para poder ayudar a las personas que sufren este sesgo psicológico; el cual puede implantarse como una creencia limitante que afecta seriamente el desarrollo y la autoestima personal.

Una Amenaza Nada Invisible Y Fuera De La Ficción

Por lo tanto, cuando una persona es víctima de la indefensión, suele manifestarla a partir de concretos déficits: el motivacional, el emocional y cognitivo. Estos déficits hoy son fácilmente perceptibles en el terror que significa la presencia del Covid-19 debido al impacto sanitario y económico que el mismo representa. Es una amenaza para nada invisible.

Una persona que empieza a caer en la indefensión o que ya la sufre, comienza a mostrar una ralentización en el inicio de respuestas voluntarias, hasta  que poco a poco deja de tenerlas. Es lo que se llama el déficit motivacional.

De igual forma, comienzan a existir una serie de desórdenes conductuales, siendo los más habituales los estados de ansiedad y la depresión, que son parte del déficit emocional, van complicándose hasta el punto de que el afectado es  incapaz de ver soluciones al problema que le atormenta y aquí entonces podemos hablar de un complicado déficit cognitivo. Dejamos de entender, comprender y de explicarnos lo que sucede.

Paralizados, secuestrados y ofendidos

Tal vez la respuesta a la interrogación  de por qué no hace nada una persona en una situación de oprobio y desesperanza, consista, justamente, en la afectación integral, no solo de estos tres ámbitos (motivacional, emocional y cognitivo) sino también desde el punto de vista fisiológico. En una palabra, toda su persona, los distintos ámbitos psíquicos y somáticos, se integran en dicho síndrome. En consecuencia, no bastará con tomar la decisión de romper con el ciclo negativo, sino que implica desaprender la forma en que se procesa.

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