Sistemas educativos y nuevas habilidades profesionales. Retos y perspectivas

Cuando estudiamos las diversas estructuras que articulan los diferentes sistemas educativos, percibimos, claramente, que la primera función de la educación en un mundo incierto como el que hoy experimentamos, debería ser proporcionarle a los jóvenes las habilidades y la confianza en sí mismas necesarias para afrontar bien la incertidumbre.

Es decir, dotar a nuestros alumnos de la capacidad de aprender a lo largo de la vida. Es lo que algunos teóricos de la pedagogía han denominado la habilidad adaptativa, la cual implica la acción de aplicar, con flexibilidad y creatividad, los conocimientos y las habilidades adquiridas en una variedad de contextos y de situaciones. De allí, la importancia de evaluar bien los sistemas educativos y su correspondencia con las nuevas habilidades profesionales.

Es evidente que hoy vivimos en un mundo sobrecargado de informaciones, excesivamente abundante, muy veloz, incierto, frágil, caracterizado por una globalización agresiva, la digitalización sistemática de todo, la plena diversidad, donde todo cambia y nada permanece. Y, en este contexto, se hace aún más necesario que nunca desarrollar una enorme capacidad de aprender.  

Aprender a ser mejores

Generar capacidades válidas de aprendizaje significa, sin duda alguna, intentar desarrollar una capacidad notable y expansiva  de  aprender, con el objeto  de ser mejores a la hora de saber cuándo, cómo y qué podemos hacer cuando no sabemos qué hacer. Si una cosa importante nos ha enseñado las ciencias del aprendizaje en las últimas décadas, es que desarrollar la facultad de aprender tiene mucho que ver no solo con la adquisición de unos contenidos concretos, sino también con actitudes, creencias, tolerancia emocional y valores.

Por lo tanto, reflexionar de manera crítica, pensar con claridad, es más importante que nunca y, desde luego, saber utilizar el conocimiento que tenemos, es un asunto imperativo también. Aprender se ha vuelto una actividad fundamental e  imprescindible.  ¿Cuáles, al fin y al cabo, son los desafíos del mañana? 

En realidad, estos desafíos del mañana son ya los desafíos del presente. En primer término, porque no debemos olvidar, como dice Victoria Camps en su libro Educar para la realidad, que la educación es un proceso vital y no solo una preparación para la vida futura, y que, en consecuencia, la escuela debe ocuparse de la vida de hoy y preparar para la vida de hoy. Gran parte de los problemas que tiene la escuela en estos tiempos convulsos,  derivan de la distancia que existe entre los aprendizajes escolares  y la vida actual de los niños y jóvenes.

¿Para qué se aprende?

Por otra parte,  los cambios abruptos y disruptivos que estamos viviendo, afectan absolutamente a todos los niveles del proceso de enseñanza/aprendizaje: dónde, cuándo, con quién y de quién, cómo, qué e incluso para qué se aprende. Nunca, como hasta ahora, había habido tanto interés social por la educación, ni tanta demanda de formación. Sin embargo, las necesidades sociales de aprendizaje han evolucionado mucho más que las formas que tenemos de organizarlo. De esta forma, se ha ido gestando una brecha creciente entre esas necesidades sociales de educación y los resultados que los sistemas educativos son capaces de generar.

A partir de muchas opciones y posibilidades, la escuela tiene el enorme reto de formar alumnos activos, participativos, con autoconfianza, autónomos, curiosos, tolerantes, creativos, adaptados al cambio, independientes, reflexivos y más capaces de planificar y evaluar su propio aprendizaje. Personas capaces de construir su plan de vida agregándole valor esencial  a su plan personal,  pero también participando de forma activa y solidaria con otros. En suma,  personas  que sean capaces de cumplir sus obligaciones y ejercer sus derechos.

Buenos y peores caminos para la enseñanza

En este sentido, todo este escenario complejo y demandante supone, por supuesto, cambios profundos no solo en lo que se enseña, sino también en el cómo se enseña. Desde luego que esta situación afecta todo lo que tiene que ver con las vocaciones profesionales y la elección de carreras. ¿Cómo pueden conocer los docentes y las escuelas si están eligiendo el mejor o el peor  camino en sus métodos de enseñanza?

Jamás es sencillo saber si se ha optado el buen camino, pero si ese camino se orienta hacia lo que estoy  planteando  y si además ese rumbo se comienza  acompañado de compañeros del colegio y de otros docentes sensibles y responsables, respondiendo a un proyecto educativo reflexionado y participado, es más probable que estemos en el buen camino y, sobre todo, será mucho más fácil de sobrellevar la incertidumbre que estamos describiendo, que si lo hacemos de manera individual.

Sistemas educativos

Se podría afirmar que en las últimas dos décadas, todos los sistemas educativos del mundo han transitado desde una enseñanza enfocada casi exclusivamente en la adquisición de contenidos conceptuales a otra preocupada, de igual manera, por el desarrollo de conocimientos procedimentales y actitudinales. En ese contexto, efectivamente, desde múltiples organizaciones e instituciones, públicas y privadas, con y sin ánimo de lucro, locales y supranacionales, se han presentado propuestas y marcos que han tratado de recoger los conocimientos procedimentales y actitudinales necesarios para este siglo XXI.

Desde luego que existen marcadas diferencias entre unos sistemas  y otros,  pero todas las propuestas incluyen en sus listas recursos cognitivos (pensar, comprender, decidir, dialogar, comunicarse oralmente y por escrito, buscar y valorar la información, utilizar las nuevas tecnologías); emocionales (asumir responsabilidades, superarse, formular proyectos personales); de relación interpersonal (cooperar, trabajar en equipo, gestionar conflictos, empatizar); y de actuación en entornos sociales (compartir, ciudadanía, interactuar y comunicarse con miembros de otras culturas).

Aprendizajes profundos y significativos

Entendemos que la enseñanza por sí misma no produce aprendizaje. Que enseñar no es tanto ofrecer  información como ayudar amplia y libremente  a desarrollar los criterios y adquirir los procesos y las formas de pensar que nos permitan digerirla y transformarla en verdadero conocimiento. El objetivo, en última instancia, debe ser promover aprendizajes profundos y significativos, lo que implica establecer relaciones entre lo que ya se sabía y lo nuevo. Articular  estos vínculos es una actividad mental costosa y no se realizará si no existe una actitud favorable hacia el objeto de aprendizaje. Son aprendizajes difíciles de aprender y complejos de enseñar. El aprendizaje siempre supone un cambio.

Aprender es modificar considerablemente lo que ya somos. Aprender es ser capaces de apropiarnos de nuevos conocimientos que nos permitan interpretar el mundo de otra manera, relacionando lo nuevo con lo que ya sabíamos. Por otro parte, es fundamental recordar que cualquier nuevo aprendizaje debe hacerse teniendo en cuenta los conocimientos previos.

Toda actuación competente requiere movilizar simultáneamente conocimientos conceptuales, procedimentales y actitudinales. Las habilidades aportan sentido a los aprendizajes y nos permiten constatar lo que los alumnos saben o pueden hacer más allá de su capacidad para exponer de manera pasiva los saberes.

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