Surfeando las olas de la post-modernidad

Entrevista a Zygmunt Bauman

La gota que colma el vaso. ¿Desbordamiento de la Modernidad Líquida? ( por Ernesto Castro Córdoba )

 

Georg Von Siemens¿Modernidad líquida? ¿Otra vez con esto? En efecto queridos amigos, Zygmunt Bauman regresa a la carga de nuevo. En esta entrevista que ahora le presentamos, concedida en el madrileño Instituto Polaco de Cultura a finales del año pasado, el aclamado sociólogo nacido en Polonia y naturalizado en Leeds se anima a hablarnos de algunos temas clásicos de su producción (flujos migratorios, turismo, utopía, experiencia de la temporalidad), así como de algunas cuestiones no tan habituales (redes sociales, arte monumental).

Enardecidos por el vodka que nos sirvieron las amables gestoras del espacio entramos en diálogo con Bauman; tuvimos el placer de asistir al espectáculo que constituye ver un pensamiento concretándose en directo por boca de uno de los autores más influyentes hoy día. A través de unas cejas canosas y bien pobladas, casi medio siglo de sociología nos contemplaba. Una imagen totémica: dos ojos vidriosos y de un brillo seductor debajo de los cuales se encontraba, humeante, su omnipresente y característica pipa de fumar-


JAVIER LAREU. Atendiendo a nuestro “mundo líquido”: a su sucesión de nuevos comienzos, de cambios constantes, al movimiento permanente… ¿Ve usted algún contexto social relevante donde pueda existir una experiencia temporal diferente en nuestros días?

ZYGMUNT BAUMAN. Bien: lo cierto es que en el moderno mundo líquido uno puede no salir nunca de su casa y, sin embargo, ya está viajando. Incluso sin moverse una pulgada. Este es precisamente el problema que nos encontramos en la moderna sociedad líquida. Uno puede estar ligado a una zona en concreto de Madrid, digamos; incluso al bloque de pisos donde nació y pasó toda su vida. Sin embargo, las instituciones que hicieron posible esa vida, aquellas donde uno encontró empleo, antes o después habrán desaparecido, se habrán desplazado a otro sitio, se habrán alejado no ya sólo de esa zona de Madrid, sino acaso de España o hasta de Europa, marchándose a Asia o a cualquier otro lugar.

Al mismo tiempo las relaciones y asociaciones personales habrán cambiado un buen número de veces. Probablemente los promotores inmobiliarios habrán acudido a la zona y habrán modificado el entorno por completo. De modo que uno sigue viviendo allí, pero ya no se trata del mismo lugar.

Me estoy refiriendo a todas estas circunstancias porque, en la vida de nuestros días, en el moderno mundo líquido, el efecto psicológico más importante para la experiencia individual es precisamente lo que podríamos llamar la “premonición de la incertidumbre”.

La conciencia de que uno no podrá realmente prever, anticipar, intuir o adivinar siquiera con algún tino qué es lo que va a ocurrir, cuál será el siguiente reto, cuál será la situación. Uno no se siente con el control de su propia vida. Es más: uno se siente impotente. Bajo condiciones de incertidumbre crónica, el individuo se siente incapacitado para impedir que esto o aquello ocurra. Se carece de las herramientas, de los recursos que permitirían incidir sobre los acontecimientos en beneficio propio.

Y esta combinación de incertidumbre e impotencia, o no tanto genuina impotencia cuanto sensación de impotencia, es la que resulta en el síndrome psicológico característico de la vida en nuestra moderna sociedad líquida. No obstante, habiendo señalado esto, trazado este panorama general válido para todos los casos, ya se traslade uno o permanezca en casa, ya disfrute viajando o por el contrario lo aborrezca, debemos hacer esta importante distinción.

En uno de mis trabajos, en efecto, he tratado de distinguir dos figuras básicas en la moderna sociedad líquida: una es la del turista y la otra es la del vagabundo. Las dos están estrechamente conectadas.

El turista es un vagabundo voluntario, mientras que el vagabundo es un turista involuntario u obligado a moverse contra su voluntad. La diferencia entre ambos puede plantearse así pues, principalmente, como una diferencia psicológica. No obstante, una segunda distinción necesaria aquí alude al hecho de que los parámetros de la moderna sociedad líquida dividen, de forma decisiva, la composición de la sociedad. La gente queda dividida entre aquellos que gozan de flexibilidad, que se pueden mover a voluntad allá donde piensen que la hierba crece más verde, que las oportunidades son mayores, que la vida es más placentera, con menor número de aspectos enojosos; y, por otro lado, el grupo extremadamente más grande de gente que está atada a su localidad, que no puede moverse fácilmente.

Si, por ejemplo, una gran compañía industrial cierra y transfiere su capital a un país lejano, los encargados, los jefes, los dueños del capital, se mueven fácilmente juntos allá donde va el capital. Pero la gente que se ganaba la vida trabajando para esa compañía es reemplazada; ellos no pueden moverse fácilmente, y si lo intentan, como es sabido, según las prácticas que restringen la migración contemporánea, serán detenidos en la frontera más cercana y enviados de vuelta a casa, pues en otros lugares no son bienvenidos.

Cuando uno transita a menudo por aeropuertos, es fácil ver que la gente recibe un trato muy diferente al atravesar los controles de inmigración y de pasaportes. Unos son recibidos con mucho agrado, y a otros se les detiene para someterles a un trato especial. De manera que se trata de una división muy pronunciada. En realidad, de hecho, de acuerdo con algunos cálculos algo así como el 80 o hasta el 85 % de la población del planeta no se desplaza a ningún sitio. Muere en el mismo lugar donde nació, o en un radio de 10 o 15 kilómetros. Así que la impresión de que todo el mundo está en movimiento es ciertamente engañosa, eso ha de quedar claro. Pero, como dije al principio, incluso si uno no viaja está expuesto a esta liquidez de la sociedad moderna. Si uno no cambia, entonces el cambio acudirá hasta uno. Sin pedirle permiso.

ERNESTO CASTRO. En este sentido, abundando en la búsqueda de una posible alternativa: ¿cree usted que existe alguna oportunidad para una experiencia temporal diferente en el arte, en el arte monumental? Por ejemplo, pensemos en el monumento al Holocausto en Berlín. ¿Cree que esta forma de arte supone una oportunidad para la memoria, para una experiencia vital que pudiera plantearse aún en términos de una cierta eternidad?

Z.B. No lo sé. Lo cierto es que no se puede suprimir la posibilidad definitivamente. Siempre resulta posible que un factor así comience a jugar un papel importante en el comportamiento de la gente, en su forma de pensar el mundo. Pero todo parece apuntar en contra. La cultura contemporánea en la que vivimos hoy, la que es dominante y nos conforma desde la edad más temprana, no es una cultura del aprendizaje sino del olvido. Y los acontecimientos o episodios se suceden pisándose los talones unos a otros a velocidad de vértigo. Muy raramente tenemos la oportunidad de detenernos para reflexionar de manera honda y asimilar qué es lo que está ocurriendo realmente, yendo a las mismísimas profundidades de nuestros asuntos.

Actualmente, la expresión más popular no dice ya que vamos “nadando”, sino “surfeando” a lo largo de nuestra vida. Y surfear significa desplazarse sobre alguna clase de tabla, mientras que cuando uno nada al menos se moja y luego ha de detenerse y hacerse con una toalla para secarse con ella; pero cuando se es un buen surfista, uno nunca se moja, y puede seguir surfeando indefinidamente sin sospechar siquiera lo que hay abajo, más abajo de la tabla y de la superficie sobre la que se desliza.

Esa es la tendencia. ¿Cuánto tiempo se prolongará? No podemos saberlo. Quiero ser muy cauto a la hora de comprometerme con esa clase de predicciones a largo plazo, porque a lo largo de mi vida imperdonablemente larga -85 años, qué cosa tan terrible he pasado por un cementerio de promesas que nunca se cumplieron, de esperanzas que nunca se hicieron realidad, de nuevas modas que eran fascinantes y con las que la gente estaba emocionada pero que de pronto se difuminaron y se evaporaron y ya nadie las recuerda.

La cuestión del monumento, la cuestión de la memoria histórica en general, es muy complicada. Hoy día, es cada vez más usada, podríamos decir, para jugar juegos a corto plazo, juegos políticos, más que para promover una cierta determinación a partir de un cierto curso histórico.

J.L. Continuando de alguna forma con la búsqueda de oportunidades o alternativas: en algunos de sus libros ha escrito usted sobre las redes sociales surgidas en Internet, especialmente en relación con el contexto del mundo de consumo. ¿Ve en estas redes algún resquicio para una relevante construcción de relaciones humanas, para el desarrollo y afianzamiento de lazos, más allá de esa tendencia que prima el desprenderse, el deshacerse de cuanto sea necesario para poder renacer o empezar de cero?

Z.B. Esa es una gran preocupación, y me agrada mucho que llame usted la atención sobre ello. Veamos: es muy difícil estar absolutamente seguro de lo que ocurrirá. Pero lo que puede sospecharse, o yo al menos sospecho, es que el aspecto decisivo del atractivo que presentan estas redes, que implican el uso de aparatos electrónicos y el uso de Internet, conlleva una gran diferencia con respecto a las comunidades tradicionales, más exigentes, más severas, que ponían a prueba a sus miembros y los vigilaban, como una suerte de Gran Hermano, supervisando su comportamiento y sus posibles desvíos de las pautas a seguir, desvíos por los cuales serían castigados o que incluso podrían acabar con la exclusión. Y todos sabemos lo que significaba ser excluido de la comunidad. Sócrates prefirió incluso beber su veneno antes que ser expulsado de Atenas. Fuera de la comunidad, como escribió Aristóteles, sólo las bestias y los ángeles pueden vivir. Y ni siquiera Sócrates era un ángel, y no quería ser una bestia, de modo que la única tercera vía era beber el veneno. Tal era el problema entonces. Las redes sociales, sin embargo, son muy cómodas. Son inofensivas. Vienen acompañadas de un trato incluido en el propio “pack”: tan fácil es unirse a ellas, como salirse de ellas.

Es todo, de nuevo, como surfear: eminentemente superficial. Uno puede pertenecer a un gran número de redes a la vez, incluso asumir diferentes identidades en las distintas redes. Así, éstas son atractivas precisamente porque no fuerzan a adoptar obligaciones a largo plazo. Uno puede siempre cortar: existe un botón que dice “borrar”, uno hace clic sobre él, y fin de la historia. Por lo demás, no se trata sólo de las redes. Tomemos, por ejemplo, la popularidad de las citas por Internet, que es otro fenómeno cultural muy interesante. Frente a ellas, hasta los pubs para solteros, creados especialmente para gente en busca de compañía, para que pudieran acudir allí sabiendo que los demás también la buscaban, de modo que eso pudiese animar incluso a los más tímidos; hasta estos lugares, decía, están ahora en crisis y quiebran uno detrás de otro. La gente prefiere las citas por Internet. ¿Por qué?

Bueno: si uno quiere romper una relación en la vida real, se encuentra en dificultades.

Tiene que inventar todo tipo de excusas, tiene que mentir, explicar por qué cambió de idea, por qué no se mantiene en contacto, por qué no llama, por qué no quiere que queden ya, que se toquen.

En Internet es mucho más fácil. Uno deja de mandar mensajes, deja de contestar mensajes. De este modo, el individuo se asegura contra la auténtica dificultad de la convivencia humana. Porque esta es un asunto muy difícil, no hay duda de ello. Un asunto de mucha responsabilidad, que requiere negociación constante, compromisos constantes, sacrificios constantes y esfuerzos de este tipo, de los que la relación social a través de Internet está libre.

Que uno pueda construir sobre ella una estructura estable es sumamente dudoso. Puesto que todo allí, todo el atractivo de estas redes, reside precisamente en el hecho de que suprimen y liberan de las obligaciones o compromisos a largo plazo.

Uno puede en todo momento llevar adelante las cosas sólo “hasta próximo aviso”. Simplemente probar, ver cómo va, y si se da fácilmente, de acuerdo, se continúa. Si no, a la primera dificultad que uno encuentre, siempre se puede marchar a otra parte. Ahora bien: no se puede construir una comunidad real sobre esta base.

E.C. Sin embargo, usted ha hablado también sobre la burocracia. En relación con el modelo que esta supone: ¿no cree que, al mismo tiempo que actúan del modo que usted describe, Internet y todas estas redes sociales vienen a facilitar el control y la vigilancia de la gente, en la medida en que todo lo que tiene lugar allí queda grabado y expuesto para cualquiera que desee acceder a ello?

Z.B. Bueno, vamos a ver. Por decirlo de manera demasiado simplificada, como soy consciente de estar haciendo aquí ante todas estas preguntas de gran importancia que requerirían una atención más prolongada y profunda… Por decirlo de manera simplificada, como decía: no se puede contrarrestar la tendencia hacia la liquidez añadiendo más agua. Reitero que los lazos, las conexiones creadas en Internet son realmente virtuales, electrónicas, no son lazos reales. Pueden ser rotas fácilmente, lo cual las hace absolutamente diferentes de los verdaderos lazos humanos, que no pueden ser rotos con facilidad, esa es su característica clave: trabajan por estabilizar, por asentar el movimiento, por dar reposo al cambio.

Gran parte de la historia moderna se desarrolló bajo la consideración del cambio como una molestia temporal: el cambio era necesario “por el momento”, hasta que, por ejemplo, satisficiéramos todas las necesidades humanas. Las necesidades humanas eran consideradas estables, constantes; uno podía realmente coger un pedazo de papel y lápiz y calcular cuánto tenía que producir para satisfacer todas las necesidades humanas, y una vez se lograse esto, el cambio habría de detenerse, no sería necesario. Las mentes más poderosas entre los economistas del siglo XIX consideraban incluso el crecimiento económico como un fenómeno temporal.

Este debía darse hasta que por fin estabilizase su vuelo una economía capaz de cubrir las necesidades de todos. Una vez se lograra esto, no haría falta más crecimiento, ¿para qué? El esfuerzo extra ya no sería exigido. Uno se podría limitar, la sociedad se podría limitar, a la monótona repetición de lo mismo, año tras año, y la energía sobrante podría ser dedicada al desarrollo de las artes, de la filosofía, de lo que fuera.

El fin del cuento sería, así pues, esta sociedad perfecta.

¿Y sabe cuál es la definición de una condición perfecta, de un estado perfecto? Un estado perfecto es aquel en el que todo cambio adicional sólo podría ser para peor. Lo que significa que, una vez se ha alcanzado la perfección, no sólo no se necesita cambiar más, sino que no se debería procurar hacerlo pues se arruinaría la cosa, porque ya no se puede mejorar.

Pero esa idea está, se mire como se mire, muerta a día de hoy.

Y el sentimiento contrario que prevalece, lo que supone la pesadilla contemporánea, es justamente el pavor de que todo posible cambio se suspenda o detenga. Que, de aquí en adelante, todo vaya a ser igual. Esa es la pesadilla.

Lo que resulta realmente interesante es que, como escribió Blaise Pascal hace mucho tiempo, lo que realmente mantiene viva a la gente es cazar, no matar a la presa. Una vez que se la ha matado, no es más que un cadáver, está muerta, y no hay placer alguno en ello. Pero estar cazando la presa, eso sí es un placer, algo que le mantiene a uno ocupado, activo… De modo que esta es la tendencia actual.

Pero seamos cautos. He enseñado sociología durante 60 años, o algo más de 60 años, y he tenido que cambiar muchas veces a la hora de hablar de la “tendencia actual”. He tenido que modificar mis apreciaciones una y otra vez. Y no puedo decir, no estoy en posición de afirmar, si la actual tendencia de trocear la vida en episodios independientes y aislados, de puntuarla de nuevos comienzos, cada año o cada dos años, empezando de nuevo, reencarnándose; no puedo afirmar con certeza si esta tendencia durará o no. Por el momento, sin embargo, la gente no está preocupada tanto por estabilizar una identidad, un sitio en la sociedad, cuanto por mantenerlo abierto, de modo que las nuevas oportunidades puedan ser atrapadas en caso de que se presenten.

Creo que es mucho más acertado hoy en día hablar, no de procesos de identificación, sino de procesos de “reinvención”. Predigo, esto sí creo poder predecirlo, que en su vida usted tendrá que reinventarse a sí mismo una serie veces, no pocas. Por tanto, las cosas no son como en mi generación, cuando estábamos impresionados por Jean Paul Sartre, que nos enseñó que el secreto de la vida buena, decente o digna residía en producir lo que él llamó “project de la vie”, un proyecto de vida. Usted habría de imaginar cómo sería a mi edad, por ejemplo. El proyecto de vida traería consigo un conjunto de recetas para saber exactamente qué hacer para consumarlo, y el resto de la vida no sería sino el duro y constante trabajo de lograr hacer realidad esa idea de uno mismo.

No sé si los jóvenes contemporáneos son capaces de planificar sus vidas más allá del año siguiente. ¿Sería capaz de darme una descripción de su “project de la vie”? No estoy seguro de que la vean como una idea válida, como una idea atractiva. ¿Quién sabe lo que el futuro deparará?; eso es lo que se pregunta todo el mundo. Quizá lo que parecía atractivo en un momento dado se nos mostrará luego como un paso criminal. Así, hoy día, buena parte de los jóvenes ambiciosos sueñan con acudir a esa meca contemporánea de los universitarios brillantes que es Sillicon Valley, en California. Ese es el logro más alto que puedan soñar. Sin embargo, la duración media del empleo en Sillicon Valley es de ocho meses. Así es como se confrontan hoy los sueños con la habilidad de hacerlos realidad.

Abrir chat